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Estos términos pueden parecer similares, pero en realidad se refieren a dos niveles de automatización distintos que afectan a la forma en que el conductor interactúa con el vehículo y a las responsabilidades que asume.

En este artículo, vas a ver las definiciones oficiales de estos conceptos según la normativa europea y cómo se diferencian entre sí.

Según el Reglamento (UE) 2019/2144 del Parlamento Europeo de 27 de noviembre de 2019 sobre los requisitos de homologación de tipo de los vehículos de motor, un vehículo automatizado es aquel «vehículo de motor diseñado y construido para desplazarse de manera autónoma durante determinados períodos de tiempo sin supervisión continuada por parte del conductor, pero respecto del cual se sigue esperando o necesitando la intervención del conductor». Es decir, el vehículo puede conducir por sí mismo en determinadas condiciones, pero el conductor debe estar atento y preparado para tomar el mando en cualquier momento.

Por otro lado, un vehículo totalmente automatizado es aquel «vehículo de motor diseñado y construido para desplazarse de manera autónoma sin supervisión por parte del conductor». En este caso, el vehículo puede conducir de forma autónoma en cualquier situación y el conductor puede despreocuparse por completo de la conducción.

Como se puede apreciar, la diferencia entre ambos conceptos radica en el grado de autonomía del vehículo y en el papel del conductor. Mientras que en un vehículo automatizado el conductor sigue siendo responsable de la conducción y debe supervisar al sistema, en un vehículo totalmente automatizado el sistema asume toda la responsabilidad y el conductor pasa a ser un pasajero más.

Además, la implementación generalizada de vehículos totalmente automatizados tiene el potencial de optimizar la eficiencia del tráfico, minimizando congestiones y mejorando el flujo vehicular. Los algoritmos avanzados de estos vehículos permiten una coordinación más precisa y una adaptación instantánea a las condiciones del tráfico, lo que resulta en trayectos más rápidos y menos tiempos de viaje. Esto, a su vez, puede tener un impacto positivo en la productividad, la economía y la calidad de vida de las personas al reducir el estrés asociado con los desplazamientos diarios.

No obstante, la transición hacia una flota de vehículos totalmente automatizados también plantea desafíos importantes que deben ser abordados de manera integral. En primer lugar, desde el punto de vista técnico, es crucial perfeccionar la confiabilidad y seguridad de los sistemas de conducción autónoma para garantizar un rendimiento consistente en diversas condiciones de carretera y climáticas. Además, la interacción entre vehículos autónomos y aquellos conducidos por humanos, así como la infraestructura vial existente, demandan una cuidadosa consideración y posiblemente modificaciones para facilitar una coexistencia armoniosa.

Desde la perspectiva legal, es esencial establecer marcos normativos claros y consistentes que definan responsabilidades en caso de accidentes, determinen estándares de seguridad y regulen aspectos relacionados con la privacidad y la recopilación de datos. Asimismo, la ética de la inteligencia artificial y la toma de decisiones autónoma plantean interrogantes éticos fundamentales que requieren atención y consenso social.

RESUMEN

En resumen, la transición hacia vehículos totalmente automatizados es una evolución emocionante con el potencial de transformar radicalmente la seguridad vial y la movilidad. Sin embargo, para aprovechar plenamente estos beneficios, es imperativo abordar de manera proactiva los desafíos técnicos, legales y éticos que surgen en este camino hacia la conducción autónoma generalizada. La colaboración entre la industria, los reguladores y la sociedad en su conjunto será fundamental para garantizar una transición fluida y segura hacia el futuro de la movilidad.

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